“¡Ah el cuerpo! esa nube roja cuyo relámpago es el alma”
Marguerite Yourcenar
Agotado por el ajetreo licencioso que la noche le había deparado, palmo a palmo se puso a repasar el iter críminis (1) de su amor. La llamada telefónica pactando el encuentro, el tráfago de los reclamos convertidos en promesas; el motel de siempre, la comida chatarra y la bebida abundante; ramalazos: caricias y gemidos, la acezante singladura de los cuerpos y marejada de los besos, el delirio de la piel y del deseo, la lujuria en parpadeo, el cielo el suelo el cieno el cielo y al filo del orgasmo Iriana confundiendo el nombre amado…
Con calculada pericia intensificó su tosca arremetida procurando prolongar al máximo el placer que, ahora lo sabía, se le escurría con desgana.
En silencio, simulando pereza, se estiró hasta la silla del cuartucho y hurgó entré sus ropas. Al encender un cigarrillo –de esos que regalan en los tragamonedas– tuvo que esforzarse para disimular el temblor que lo embargaba. A grandes bocanadas terminó de consumir la agridulce evanescencia. Echado de espaldas y al compás de prolongados suspiros, se dedicó a contemplar displicente el cielo raso. Arriba, las figuras dibujadas por la humedad formaban un confuso amasijo de otros seres.
Entre sueños, la blanda quemadura y el peso de la mejilla delicada sobre su pecho desierto le dictaron la sentencia. Estaba decidido, ya nada le devolvería la calma hasta asegurarse de que nadie más poseyera aquella luz que ebria y sonrosada dormitaba en su costado.
Fingiendo una caricia, solemne casi, tomó el cuello esbelto, lo rodeó con sus poderosas manos y ajustó con tal crudeza y convicción que los ojos de la pobre perdieron las órbitas y por supuesto también su encanto.
Impasibles, los brazos soportaron agónicos rasguños. Bello y vencido, el cuerpo hermoso fue perdiendo su calor. Ahora una lívida palidez se iba instalando en la piel de Iriana, mientras su mirada huía triste por la ventana, hacia la inmensa noche que ya moría.
(1) Camino para la realización del delito.

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